viernes, 27 de julio de 2012

Capítulo XI



Donde se narra un encuentro con el Concha en el Paseo de la Costa

Después del Congreso, aproveché un fin de semana largo para irme a descansar a las sierras del sur de la provincia de Buenos Aires. Pasear, leer, mirar alguna que otra película: ésas fueron, más o menos, las actividades que realicé en Sierra de la Ventana como para sobreponerme al estrés que impuso a mi vida la academia.
Como siempre que me hago una escapada a la naturaleza, me costó la vuelta a la vida agitada de la urbe porteña. A mi regreso, el único recibimiento fue un típico mensaje en el contestador que me felicitaba por haberme ganado un Chevrolet.
La semana transcurrió más o menos rápidamente, sin nada que contar. Recién el domingo por la mañana sonó mi teléfono. Era el Concha.
—Habla el Vagina, Eduardito. Qué hacés.
—Hola, Concha.
—Hace como una semana que no nos vemos, che.
Mentí:
—Es que me fui unos días y, cuando volví, anduve con muchas cosas, viendo gente, de todo un poco.
—Bien ahí, Eduardito, bien ahí. ¿Mojaste, anoche?
—¿Eh?
—Digo si enterraste la batata, si revolviste algún estofado, si clavaste el puñal de carne, si...
—Ya entendí, Concha. Te vuelvo a decir algo que alguna vez te comenté: hay cosas que forman parte de la vida privada y que...
—Te entiendo, Eduardo: yo tampoco. En fin. Te llamaba por si querés ir hoy a la tarde al Paseo de la Costa, en Vicente López. Me dijeron que se llena de gente: pendejos en patineta, putazos en troller y minas, muchas minas. Las atorrantas patinan en calzas, marcando zorra a pleno. En una de esas, levantamos algo. Y si no, nos vamos bien cargados de recuerdos para una pajita dedicada a la noche. ¿Te va?
Quedamos en encontrarnos cerca de las cuatro en una de las entradas del Carrefour que está sobre Libertador.
El día estaba soleado y la temperatura era agradable, primaveral. Yo había llevado el equipo de mate y nos sentamos en el pasto, cerca de la calle que, como todos los fines de semana, estaba cerrada para el esparcimiento.
—Así vemos en primera línea el desfile de ojetes...
Había, en efecto, muy lindas mujeres en la ribera. Algunas, con cuerpos verdaderamente voluptuosos. El Concha observaba con lascivia.
—Mirá, Eduardo. ¿Ves aquella mina que viene patinando? Tiene problemas en la casa...
Pensé que me hablaba en serio.
—¿Y cómo te diste cuenta?
—No ves que tiene separados los “papitos”.
El Concha se reía solo de sus chistes.
Por lo bajo, cuando pasaba alguna chica, decía barbaridades. Lo hacía por lo bajo, sin riesgo de ser escuchado, pero la posibilidad de que lo oyeran me ponía mal.
—Decime quién te coge que le chupo la verga...
Una patinadora se agachó junto al cordón para ajustarse los patines. El Concha se puso de pie y giró uno de los carteles que decía “Peligro, zanja abierta” hasta que la flecha quedó apuntando a la cola de la chica.
—Bueno, Concha...
Pasó otra mujer patinando y le dijo algo –no llegué a entender del todo– sobre un nuevo desafío de Actimel.
En cuestión de minutos, escuché palabras como plasticola, yogur, leche condensada, crema, juguito del amor y salsa blanca funcionando como sinónimos de... Se entiende.  
—Siempre fui piropeador, yo, desde pendejo —dijo.
Y como queriendo destacar una de las características de su condición, agregó:
—Y no le hago asco a nada: gorda, flaca, rellena, tortilla, pendeja, MILF...
—¿Qué es MILF?
—MILF, Eduardo, Mom I´d Like to Fuck, veterana, vieja puta. A veces no sé dónde mierda vivís...
El Concha siempre se enojaba con mi desconocimiento de ciertas cuestiones que él consideraba básicas.
—Nunca discriminé al piropear, sabés. Pasa una flaca, piropo. Pasa una gorda, piropo. Una vieja con los labios pintados, piropo.
No estaba muy seguro de lo que iba a decir, pero lo dije:
—Hay algo de machismo en eso de decirles cosas a las mujeres, me parece. Sobre todo, si son cosas ordinarias...
Negó con la cabeza, superado.
—No entendés nada, Eduardo. ¿Sabés qué es peor para una mujer que tiene que pasar al lado del camión de la basura o junto a una obra en construcción llena de albañiles con la lengua picante? Pasar y que no le digan nada. Si le gritan algo, va a poner cara de “qué asco” y sigue viaje, pero si no le gritan nada... ¿entendés? Es jodido para una mina no despertar un deseo sucio de un recolector, de un albañil que grita impune desde una viga, de un camionero. Es muy jodido...
“Una vuelta, estaba esperando un colectivo junto a una obra. Mina que pasaba, mina a la que le gritaban algo. Las llamaban por la ropa (eh, vos, calcitas negras; eh, vos, jean apretado) y le largaban el piropo. En un momento, pasaron unas seis o siete minas juntas, amigas. En el medio había una que tenía puesto un vestidito rojo. Rellenita, bien bonita de cara la loca. Medio que se les amontonaron las minas a los de la obra y les dijeron cosas a todas menos a la del vestido. ¿Entendés? No sabés la pena que me dio. No se sintió halagada, ni respetada, ni tratada con dignidad. Se quedó hecha mierda...”
Capté algo de lo que el Concha decía. Era impresentable, pero algo parecido a una verdad deformada brillaba en lo que me contaba.
—Lo pensé un segundo y salí corriendo para dar la vuelta de la manzana y volver a cruzarlas...
—¿Y?
—Y la piropeé como corresponde...
—¡Bien!
—Vestidito rojo, le dije cuando pasó, vení a casa que esa grieta que te salió en la entrepierna te la arreglo con este pomo de enduido.
No quise pensar en la reacción de esa chica, pero el Concha se mostraba satisfecho de su acto.
—Te comento —prosiguió— que las gorditas, a diferencia de las delgadas conchetas, son muy agradecidas con los piropos. Bueno, en general son agradecidas con todo.
—...
—Las gorditas son muy peteras. Eduardo, no me pongas esa cara de no entender un carajo. Se prenden a la tripa como si fuera la última verga que hay en el mundo. No sé, para mí que es como una forma de agradecimiento por bombearlas. Vos les das y ellas te dan. Es un toma y daca, un hoy por ti y mañana por mí. Las flacas, en cambio, son más reacias a la tirada de goma. Yo —me hablaba serio, con cara de estar enunciando una verdad solemne— prefiero una gordita petera a una flaquita estrecha. Pero es mi opinión...
No quise responder a tanta barbaridad junta, especialmente porque su conclusión, en el fondo, iba en contra del modelo de mujer que en nuestra sociedad se promueve como deseable.
Después de estar un buen rato en el lugar, le propuse caminar un poco por el Paseo. A medida que avanzábamos hacia unos puestos de artesanos, nos fue llegando el batir acompasado de tambores que provenía de un lugar donde se había aglomerado algo de gente, de cara al río. Un grupo de alrededor de veinte personas tocaban unos instrumentos que, si no me equivoco, se llaman djembe, en lo que parecía ser un espectáculo callejero de improvisación.
Nos paramos a unos diez metros de donde estaban tocando, porque el sonido era bastante fuerte como para conversar.
—No le falta nada a esta comparsa, eh —dijo el Concha con un tono malicioso.
—¿Por qué lo decís?
—Boludos en cuero con pulserita de Jamaica, pantaloncito ancho a rayas, rasta, mucha rasta, olor a porro, sandalias...
Me irritó la intolerancia del Concha.
—Mirá aquella minita. Ya se tragó el sapo de estos locos y ahora vino a ver si pica algo en el revoleo de jipis. Porque estos son todos jipis. Mejor dicho: neojipis. ¿Te fijaste que andan todos, siempre —y enfatizó el siempre— con una mochila enorme en la espalda? Es como que quieren dar la impresión de que están de paso, de viaje. Van o vienen de Machu Pichu, de México o de cualquier lugar donde se diga chévere. En la mochila no llevan nada, generalmente, salvo esos cosos que usan para hacer malabares que son iguales a las botellas que tenés que chocar con la bola de bowling. ¿Los tenés?
—Sí: se llaman clavas.
—Bien. Si no tienen esos cosos, tiran lo que venga: naranjas, pelotas de tenis llenas de arena y envueltas en cinta, aros...
“Además, y esta es otra característica, si tienen que desplazarse por la ciudad, eligen entre dos opciones. Los más circenses, se calzan arriba de una bicicleta de una sola rueda y van haciendo equilibrio por la avenida. Esos, de paso, en algún semáforo tiran las pelotitas y te manguean monedas por la gilada. Los otros, los que no son tan circenses, tienen una bicicleta de bambú o una bicicleta de fierro pero hecha mierda de vieja. La compraron por dos mangos en una bicicletería o la heredaron de algún abuelo que se cagó muriendo. Como sea, le ponen un cartelito atrás que dice “un auto menos” –el uno con número y el menos con el signo de resta­, siempre– y salen.
—¿Y a vos qué te molesta?
—A mí me chupa bien un huevo, Eduardo.
—No parece...
—Yo hago cualquier cosa con tal de ir tirando, pero no me creo el personaje. Actúo, nomás. Mirá, vamos a hablarle a la minita esa que vino a levantar un jipi para escandalizar al papá.
Y hacia allí nos dirigimos... 

martes, 19 de junio de 2012

Capítulo X


Que trata de la asistencia del Concha al Congreso Internacional de Letras y de otras anécdotas dignas de ser referidas en esta infame historia (tercera parte)

Mientras nos alejábamos del aula con rumbo al café de la Facultad le pregunté:
—¿Y con Carol cómo fue?
—Bien, bien —me dijo, pero en su rostro había algo de decepción—. Entre nosotros: tortilla de papa.
Acompañó sus palabras con el gesto obsceno de unir pulgares e índices y hacer presión.
—Bajá la mano, Concha —lo corregí. Y retomando el tema, agregué:— No parecía lesbiana...
—No ¿viste? A mí me lo dijo y, con lo que me gustan las comezanjas, se me agarrotó la pija. Pero era calentarse al pedo... Por lo que le entendí, le van todos los menús menos la carne en barra...
Y con expresión de lamento, remató:
—Qué desperdicio de concha, ojete y gomas, por favor... Parece que la mina tijeretea con esa amiga a la que vino a ver al Congreso.
—¿Tijeretea? —dije mientras repasaba mentalmente en los sentidos del término en español.
—Hace tijereta, Eduardo. ¿Dónde mierda vivís?
Y, para graficarme, volvió con la pedagogía manual. Esta vez hizo dos gestos de tijera con el índice y el mayor de cada mano, los entrecruzó y comenzó a frotarlos por la unión. Frotó y frotó y, para terminar de explicarse, empezó a imitar gemidos:
—Ah, ah, qué rica conchita que tenés, ah. ¿Nos pezoneamos juntas?...
—Basta, Concha: ya entendí.
Siempre hay que frenarlo al Concha, siempre, siempre.
Nos sentamos en el barcito de Puan, que estaba muy concurrido.
—Me dejó mal lo de Carol, viste. Yo, cuando nos pusimos a charlar en el café, me dije: a ésta la serrucho hasta sacarle olor a pelo quemado.
—...
—Pero no: comegrieta. Yo me fapeo casi siempre con videos de tortilleras. Te quiero aclarar, porque no sé si andás a menudo en página porno...
Se quedó como esperando una respuesta a la insinuación.
—Son cosas de la vida privada, Concha.
—Bueno, veo entonces que conocés del tema. Te decía que las invertidas que aparecen, ponele, en Poringa, no son las mismas tortas que las de la calle, esas de pelo cortito, sin teñirse y con cara de ojete. No, son tremendas minas, para nada machonas. Carol debe de ser de ésas. Tal vez la amiga es de las otras, de las que hacen del hombre.
Mientras el Concha se explayaba con su habitual sutileza sobre cuestiones de género, de la mesa de al lado nos llegaba el rumor de una conversación. Tres jóvenes, claramente ingresantes, seguían con atención al que más hablaba, que daba la impresión de ser de alguna agrupación de izquierda de la Facultad. Una típica reunión del militante con sus contactos, me dije. La escena me trajo imágenes de mis primeros años de estudiante. También yo había participado de reuniones y, si bien por breve tiempo, de la euforia de la militancia. De esa escena que transcurría a pocos metros surgieron en mí, de modo involuntario, un sinnúmero de recuerdos que me sumieron en un estado tibio de nostalgia y evocación. Y estaba así, tomado por la reminiscencia, cuando la voz del Concha me hizo volver:
—Magdalenas. ¿Habrá magdalenas para comer en este bar?
—Creo que sí...
Nos quedamos en silencio, comiendo magdalenas con café con leche. Las palabras de la mesa de al lado nos llegaban con claridad:
—Porque hoy, más que nunca, estamos ante la necesidad de construir un partido obrero que acaudille a las masas explotadas...
El Concha me dijo por lo bajo:
—Me parece que acá al lado hay uno que es comunista...
Me produjo algo de gracia el comentario, y le expliqué que, en la Facultad, había mucha militancia de izquierda.
—Escuchá, escuchá —me interrumpió para seguir más atento la conversación de al lado.
—...una alternativa verdaderamente clasista, un partido poderoso que sea la voz de los que no tienen voz...
El Concha se sonreía y comenzó a imitar, por lo bajo, el discurso:
—...la voz de los que no tiene voz, pero también los dientes de los que no tienen dientes, para masticar por ellos la comida y pasarles el bolo...
Le hice señas de que hablara bajo, no fuera cosa de que nos escucharan y hubiera un malentendido.
—...porque el sistema —prosiguió el militante— siempre nos ofrece alternativas que, en el fondo, son lo mismo. Alfonsín y Menem: lo mismo. Duhalde y De la Rúa: son lo mismo...
—... Pepe Pompín y Bugs Bunny: lo mismo; el Gato con Botas y Garfield: son lo mismo...
El Concha se reía sin maldad, como un chico.
Traté de desviar su atención, pero el Concha no quería perder bocado.
—...en los medios, sobre todo, la figura del joven delincuente. Es decir, se construye al adolescente de los barrios bajos como estereotipo de criminal. Una compañera, que milita cerca de una villa, nos cuenta que la cana los para por portación de cara, sólo por eso...
El Concha se puso serio.
—Este es un pelotudo... —me dijo.
—¿Por qué decís eso, Concha? Es cierto que en los medios se construye la figura del joven delincuente, se los criminaliza sólo por presunción...
El Concha explotó en una carcajada.
—Pero Eduardo, no seas gil... Te parecés a un vecino medio mogólico que tengo. Es un pendejo de esos que hablan —y empezó a imitar— “ehhh, guachíiin, alta yaanta, re-gaaaatooo, alto guiiisooo”, así, como lo hago yo ahora, empujando la pera para adelante. Intentalo, fijate que si empujás la pera para adelante te va a salir...
No lo iba a hacer.
—Bueno, este pibe anda con el atuendo reglamentario de esta gente: ropa deportiva, zapatillas faroleras, buzo con capucha y gorrita. La capucha, claro, siempre puesta encima de la gorra. Tiene la jeta toda agujereada con esos piercings que tienen como una cabeza de alfiler de colores ¿viste? Y lo peor: siempre con un celular de esos que tienen un parlantito para poner cumbia a todo trapo.
“Bueno, resulta que dos por tres lo encuentro abajo del edificio al pibito, y un día me comenta al pasar –porque siempre algo charlamos– que habitualmente lo para la policía. Quilombo que hay, lo paran a él. Alguien en el subte grita ʻme chorearonʼ, y lo atajan a él.
“¿Sabés qué pasa, Corky? le dije. Te paran y te van a seguir parando, porque vos, aunque no afanás, escuchás música que habla de afanar, te vestís como pibe chorro y hablás como pibe chorro. Si te vistieras con un traje a rayas blanco y negro y salieras corriendo por la calle también te van a parar ¿entendés? Si te ponés un estetoscopio y un ambo, te van a llamar doctor; si te ponés una remera toda sucia y un pantalón sin cinturón que haga que al agacharte se te vea la raya del culo, van a pensar que sos mecánico o plomero ¿me seguís?
“Ahora, imaginate que vengo yo y te digo que me puse portaligas, botas hasta la rodilla y corpiño y que me fui a caminar por los bosques de Palermo pero que la pasé re-mal, porque me corrieron para ojetearme y meterme la poronga en la boca... Sería un boludo ¿no?”
El Concha siguió un buen rato con su explicación. Yo, mientras, me lo imaginaba al pequeño cumbiero escuchándolo al Concha dar cátedra acerca de, como él recalcaba, las diferencias entre ser una víctima del prejuicio y del estigma y ser un pelotudo.
Cuando terminó de explayarse comencé a sentir el cansancio que sigue a un día de nerviosismo. Bostecé un par de veces. El Congreso había terminado para mí.
Nos fuimos hasta la parada de subte de la línea A. Viajamos juntos hasta Loria, cuando el Concha se bajó. Antes de despedirse, me dijo que se había quedado con las ganas de escuchar una ponencia.
—¿Cuál? —le pregunté.
Ya afuera del subte, sacando el programa de su bolsillo, me leyó el título:
—“Peteco, petardo, Pettinato, Pettoruti, Petersburgo: alternancia de eufemismos de la felación en la cultura popular contemporánea”.
El subte comenzó a alejarse y el Concha no paraba de reírse. No supe en ese momento –y tampoco quise corroborar– si se trataba de un fiasco muy elaborado del Concha o de un síntoma de decadencia de la academia.
Esa noche, debo confesarlo, me puse frente al espejo del baño, empujé la pera hacia adelante y dije “alto guiso”. No me pude dormir hasta bien entrada la madrugada.


domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo IX


Que trata de la asistencia del Concha al Congreso Internacional de Letras y de otras anécdotas dignas de ser referidas en esta infame historia (segunda parte)

Mi exposición acusó el nerviosismo con el que cargaba. Me trabé un par de veces, perdí el hilo de lo que estaba diciendo pero, en líneas generales, salió bien.
Quizás el momento de mayor tensión lo pasé cuando vi que el Concha, acompañado de Carol, entraba en el aula. Temía algún tipo de intervención de su parte en el momento en que se abriera el debate, algo que me hiciera quedar mal adelante de mis colegas. Me tranquilicé algo al recordar que había manifestado tener intención de concurrir a la mesa de Katchadjian.
Sin embargo, cuando terminé de exponer sobre Lukács y Lessing, el Concha –movido por algún impulso inocente– se puso de pie:
—¡Bravo! ¡Bravo! —decía, mientras aplaudía con fervor, incitando a las no más de diez o doce personas que nos escuchaban a seguirlo en el gesto.
Algunos se dieron vuelta y lo miraron. Aplaudieron, pero no con la efusividad que lo estaba haciendo el Concha, quien seguramente pensaba que me estaba dando una mano en un concurso cuyo éxito se podía medir por los aplausos.
Hubo algunas sonrisas entre las pocas personas que estaban en la mesa, pero creo que eran sobre todo a causa del cierre bajo del pantalón.
—¿Lo conocés? —me preguntó por lo bajo un colega de la mesa al ver que yo hacía gestos de moderación al Concha.
—Eh... sí, sí. Algo así
Después de esto, Carol y el Concha salieron hacia la mesa de Katchadjian, que tendría lugar en una de las aulas grandes del tercer piso.
De acuerdo con las previsiones, la sala estaba repleta. Repasé el programa y vi que entre los panelistas había gente más o menos conocida del ámbito literario contemporáneo.
Logré entrar al aula, pero terminé agolpado entre la muchedumbre en uno de los laterales de la mesa. Miré hacia el lado de las butacas: un par de brazos abiertos me hacían señas. Me escondí un poco detrás de una cabeza y le levanté el pulgar, como para que el Concha dejara de llamar la atención. Me respondió con el pulgar, se sonrió y se acomodó para seguir escuchando.
El que estaba hablando era nada más y nada menos que Katchadjian. Yo no tenía referencias de él más que por la demanda que le había iniciado María Kodama por plagio –algo relacionado con “El aleph”– y ese video que está en Youtube donde este joven escritor lee fragmentos de su obra El Martín Fierro ordenado alfabéticamente. Mis gustos, estrictamente clásicos en lo que refiere a cuestiones estéticas, me impiden hacer una valoración de su producción. Sé, de todas maneras, que cuenta con un más o menos amplio grupo de celebrantes.
Veía a Katchadjian de costado, por mi ubicación. El  Concha seguía con atención la intervención de ese extraño joven de bigotes amplios que, para concluir, se permitió leer la letra “A” de su obra.
Después de unos aplausos, el que dirigía la mesa abrió la ronda de preguntas.
El Concha levantó la mano y se puso de pie. La bragueta seguía abierta con descaro. Iba a haber espectáculo, estaba seguro. Miré rápido una vía de escape, por si al Concha se le ocurría vincularme con lo que estaba por hacer.
—Mi pregunta es para... —no se acordaba el nombre, y se puso a revisar en el programa arrugado que tenía en la mano— acá está: el señor Karadagián.
Hubo algunas risas, pero el interpelado corrigió con gracia:
—Se equivocó de armenio...
—¿Eh? En fin, la pregunta es para usted. En primer lugar, lo felicito por el tremendo trabajo de ordenar alfabéticamente el Martín Fierro verso por verso. No lo pude leer todavía, pero me imagino lo que debe de haber sido el proceso de buscar todas las líneas que empiezan con “A”, después todos los que empiezan con “B”...
Pese a lo poco que lo conocía al Concha, me daba cuenta de que no lo estaba cargando. Algo se le había despertado con la obra de este autor, algo distinto de la burla.
Sus palabras, pese a que habían sido pronunciadas con seriedad, despertaron algunas risas. Antes de dejarlo seguir, Katchadjian respondió:
—Mirá, en realidad cargué todo en el Excel y una tecla hizo todo el trabajo...
La gente de la mesa y varios de los que estaban en primera fila estallaron en risas de aprobación. Tenía el autor, efectivamente, sus festejantes. El Concha, por su parte, recibió la respuesta con la expresión de alguien maravillado por la técnica. Era evidente que no tenía idea de lo que era el Excel.
—Genia, genial —dijo, todavía de pie—. Te hago dos preguntas más: ¿tenés pensado ordenar alguna otra obra más, o te plantás acá?
Los festejantes rieron, preparando el terreno para la respuesta:
—No, me planto —dijo Katchadjian—. Tal vez vos quieras ordenar alguna...
El coro sin corifeo volvió a reír a carcajadas. Cuando bajó un poco el bochinche, el Concha dijo:
—Exacto. Por eso mi segunda pregunta es sobre si se vende bien la obra, si tiene salida...
La escena duró apenas un poco más. El que dirigía la mesa desestimó la pregunta y pasó a otras intervenciones. El Concha, satisfecho, se levantó y salió. Por lo visto, Carol había decidido permanecer un rato más en la sala. 
Yo lo esperaba afuera del aula. Me sentía molesto por el modo en que la gente se había burlado del Concha. Me sentía molesto pese a todo: pese a que el Concha era una máquina de burlarse de lo demás, pese a que podía ser hiriente, pese a que sus ideas no eran políticamente correctas, sino todo lo contrario; pese a todo, decía, me sentía molesto. El de esa gente y el del Concha eran modos muy distintos de pararse ante el mundo. El Concha podía ser disculpado como un niño; el resto, no.
—No les prestes atención, Concha, a todos esos
—¿Eh? ¿Por qué lo decís?
—Por las burlas, por eso...
—Pero, Eduardo ¿no entendés? Todos esos que están ahí adentro, desde el más alto al más bajito, me pueden chupar bien chupada la verga, desde la punta hasta los huevos. Pueden hacer fila y mamármela hasta que me salgan callos en el tronco. A mí, lo único que me interesa de todo esto es ver si puedo hacer algo de guita... Fijate: te dejás un bigote extravagante, cargás un poema en un programa, le das enter, y en poco tiempo te llenás de giles que te van a escuchar y te aplauden en un aula que revienta de gente. Tal vez tenés que tener cuidado con algún que otro juicio, porque algo de eso dijo Chantagián, pero nada más. ¿No es genial?
El Concha me hizo reír. Su inocencia me llegó con la fuerza de la catarsis. Era inmune al escarnio público, y yo admiraba eso de él. De algún modo, nos íbamos haciendo amigos.

domingo, 3 de junio de 2012

Capítulo VIII


Que trata de la asistencia del Concha al Congreso Internacional de Letras y de otras anécdotas dignas de ser referidas en esta infame historia (primera parte)

Quedamos en encontrarnos en Sócrates, el café de la esquina de la Facultad de Filosofía y Letras, el jueves por la mañana. Yo había pedido el  día en el colegio para poder asistir a la mesa en que debía exponer mi ponencia. El Concha no tenía problemas de horarios. A decir verdad, el Concha no tenía ninguno de los problemas que tiene una persona común y corriente. Tenía problemas, eso es claro, pero eran de otra naturaleza.
Yo me encontraba un poco nervioso, como suele acontecerme en ese tipo de eventos. Por primera vez había elegido no leer mi trabajo, sino exponerlo. Esto me había cargado de una ansiedad más intensa que la habitual. Estaba releyendo un resumen de mi exposición cuando lo vi entrar en el café. Advertí, inmediatamente, que traía bajo el cierre del pantalón.
—Eduardito, campeón... —me saludó.
—Hola, Concha. Antes que nada —le dije en voz baja, mientras se sentaba—, tenés abierta la bragueta.
—Sí, ya sé. Se me cagó el cierre la semana pasada. No pasa nada. Mientras no me asome el pingo...
Miré a la mesa de al lado, para ver si lo habían escuchado, pero no.
—No, claro —le dije.
—¿Tenés todo listo, ya?
—Y sí. Ando un poco nervioso, pero creo que va a andar todo bien. Estoy en una mesa con gente conocida. Arranca a las 11:00, según el programa que me dieron.
—A verlo —me dijo.
Le pasé el extenso programa con la información del evento. Se puso a leerlo con atención. Me intrigaba lo que pudiese pensar. Estaba seguro de que en su vida había participado de un congreso de este tipo.
A medida que iba leyendo, su cara se contraía en expresiones de extrañeza, como si estuviera realizando un esfuerzo inaudito por comprender.
—Che, Eduardo ¿esto es joda? Escuchá el título de esta ponencia: “¿Punto seguido o punto y coma? Estudio de caso de las implicancias ideológicas de la pausa en los SMS”
No me interesaba el tema, pero traté de defender a los colegas:
—Calculo que se ocupa del impacto de las nuevas tecnologías en el lenguaje. Habría que ver...
—¿Y esta: “El otro del otro. Máquinas deseantes, (de)construcción y transversalidad genérica en Las aventuras de Tom Sawyer”?
Ahí ya no supe bien qué decirle, porque nunca entendí demasiado el lenguaje de la crítica literaria posestructuralista. Además, la verdad es que tampoco me interesaba demasiado que el Concha les tomara respeto.
—No, ahí no sé muy bien de qué se trata...
Leyó un poco más y dijo:
—Esto me  interesa.
Había señalado una mesa en la que se iba a discutir acerca de El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, de Pablo Katchadjian. Según el programa, el debate iba a contar con la presencia de su autor, quien leería pasajes de su obra.
—Esa historia la conozco. Es sobre un gaucho. Creo que, de todas las cosas que hay acá, es la única que podría llegar a entender.
No quise decirle nada al Concha, pero el autor de ese texto, un joven escritor, había hecho lo que el título de su libro decía: había puesto en orden alfabético el texto de José Hernández, verso por verso. Eso era, sencillamente, su libro.
—¿Vamos? —me dijo.
Las mesas coincidían, así que le dije que, ni bien terminara la mía, me podía dar una vuelta. Convinimos en que él se quedaría hasta que yo expusiera y luego iría a la de Katchadjian.
Nos quedamos un rato en silencio. Él seguía enfrascado en el programa y yo en el resumen de mi exposición. Después de un rato, le dije:
—Aguantame que voy al baño.
No debo de haber tardado más de cinco minutos, pero cuando salí vi que el Concha estaba hablando con una muchacha rubia, de ojos claros, que tenía pinta de extranjera.
—Acercate, Eduardo. Te presento a Carol. Carol —le dijo a la chica— ji is Eduardo.
Era una yanqui, claramente. De dónde la había sacado, no me pude dar cuenta. Después le preguntaría.
—Eduardo, ¿sabés inglés?
Me la vi venir: hacerle de traductor al Concha era una barbaridad que no estaba dispuesto a cometer. Me sentí egoísta, pero le mentí.
—No, poco y nada.
—Ah, no te hagas problema —me respondió—. Yo algo de maña me doy, puedo traducirte.
Carol había estudiado literatura en EEUU y ahora estaba acá para hacer un curso de español para extranjeros. No hablaba, por el momento, nada de español. Estaba, como nosotros, para el Congreso: una amiga exponía un trabajo y ella había decidido acompañarla.
En un inglés imposible, el Concha inició una conversación con la joven.
—Güi ar frends. Mai frend is a ticher. Ji laik buks. Du iu laik buks?
Mi pronunciación siempre fue mala, pero la suya era inaudita.
—Yes, yes.
—Guot buks?
—I love, especially, Moby Dick.
El Concha puso cara de sorpresa. Se le dibujó una pequeña sonrisa en el rostro que no pude comprender. Se me acercó al oído. Carol lo miraba, inocente.
—Rapidonga, la gringa, ¿eh? —me dijo en voz, baja, mientras la observaba—. No sé qué mierda habrá entendido, pero le pregunté qué libro le gustaba y me respondió que amaba la pija de un tal Moby... Dick es pija en inglés: lo aprendí de las páginas porno.
La miró con picardía y le preguntó:
—It´s long? ¿Es larga?
—Yes, you need some weeks to read it.
—Necesita varias semanas para cabalgarla —me tradujo.
—But...
—Culo...
—But once you start you won´t stop ´till you finish it.
—No la larga hasta acabar, o hasta hacerlo acabar. No, perdón: no la larga hasta que le acaba en el culo. Eso es.
Carol, que no comprendía una palabra, miraba con candidez al Concha.
Se estaba por hacer la hora de la mesa, así que le dije que, si quería, podía quedarse conversando con ella mientras yo iba a exponer mi trabajo.
—Andá yendo —me dijo— que ahora te alcanzo.
Dejé la plata de lo que había consumido y me fui a la mesa. El congreso estaba por comenzar.


jueves, 24 de mayo de 2012

Capítulo VII



Capítulo en el que se cuenta el intento del Concha por aprovechar los resquicios abiertos por la lucha de género, la exasperación de la diferencia y las políticas gay friendly (segunda parte)

Estaba en casa esa misma noche, retocando mi ponencia, cuando sonó el teléfono. Era el Concha.
—Hola, Eduardo, soy yo.
—Qué hacés, Concha. ¿Y? ¿Cómo te fue?
—Más o menos...
—¿Qué pasó?
—Nada. No sé cómo no me di cuenta antes, soy más boludo...
—¿De qué no te diste cuenta?
—No —me explicó—, resulta que fui hasta el canal, después de cambiarme en el baño de Constitución. Había una cola tremenda, pero tremenda, de putos. Putos de todos los colores y variedades: trolitos comunes, afrancesados, travas, amanerados con voz aflautada, de todo. Una fauna, en fin, que no te podés imaginar.
“Nos hicieron pasar a una sala, nos dieron un número y nos iban llamando. Me puse a charlar con un par: beso –son besuqueros, los putos–, hola qué tal, de dónde sos, esas cosas. Uno había llevado un termo y un mate, y empezó a convidar. Yo... Yo tomé mate con ellos, Eduardo...
Dijo estas palabras con un tono raro.
—¿Y? ¿Qué pasó?
—¿No te das cuenta, Eduardo?
—¿De qué me tengo que dar cuenta?
—Pero ¿sos boludo? La peste rosa, Eduardo. ¡Los putos están llenos se SIDA! Y yo, como un imbécil, meta matear de una bombilla ensidada. Cuando me di cuenta, salí que apagaba para el baño. Entré a hacer gárgaras, buches, a escupir. Me temblaban las piernas. Como me pareció poco, me mandé los dedos en la garganta para ver si podía sacarme el bicho de adentro. Encontré, de ojete, una botella de lavandina. Me la pasé por las manos, la cara, por todos las partes donde había tenido contacto.
—Pero, Concha, el SIDA no se contagia así.
—¿No viste las propagandas? En todas hablan de un beso, un abrazo, un apretón de manos, un mate...
—Eso es lo que no contagia.
—Vos seguí confiado en que el SIDA te entra por el culo...
El Concha les tenía terror a los homosexuales, fobia. Era, etimológicamente, homofóbico.
—Empecé a imaginar que iba a terminar en un tren, mangueando monedas. “Señores pasajeros, no se asusten. Soy portador de HIV. El gobierno me da estas cajitas de AZT, lamivudina, zidovudina...”. Me paranoiqueé. Salí corriendo del canal y me mandé a una farmacia a comprar una botella de alcohol para terminar de desinfectarme. Me empecé a embadurnar la cara, las manos, a frotarme el líquido por todos lados. En dos minutos, estaba ardido. Se ve que entre la lavandina y el alcohol, me había dado una reacción alérgica. Encima, en la desesperación, me entró alcohol en los ojos.
“Ni pensé en volver. Pasé por una estación de servicio y me metí en el baño para cambiarme. Un camionero que estaba meando me mostró la chota. Y claro, me tomó por puto. “No le querés dar un besito a esta?”, me dijo agarrándose la verga. “No, loco, estoy disfrazado, vine a un casting”. “Dale, dale un besito, linda”, insistió. Le pegué un mochilazo y salí corriendo. Paré el primer colectivo que vi y me vine a casa así, vestido de trolo, con toda la remera rosa salpicada de lavandina y los ojos rojos. Estuve hasta recién en remojo...
“¿Vos creés que es suficiente?”
El resto de la charla lo ocupé en calmar al Concha. Le tuve que explicar la naturaleza de la enfermedad, las formas de contagio y otras cosas para aplacar su ansiedad. No estoy tan seguro de si efectivamente me creyó, pero lo noté algo apaciguado después de un rato.
—Mirá que soy boludo, Eduardo. Podría haber elegido otra cosa. No sé, hacerme pasar por miembro de algún pueblo originario. Viste que ellos también están de moda ahora. Es más fácil y menos riesgoso. Me consigo algunas plumas, agarro un palo de escoba y le cuelgo algún amuleto o sonajero y me hago pasar por araucano, mapuche, azteca, algo de eso.
“Es más, tengo un vecino que anda en el tema y me podría asesorar. El tipo tiene colgada una bandera de todos colores de la ventana, muy parecida a esas que usan los maricones en la marcha del orgullo. Yo me jugaba que el tipo se la comía y que la bandera era un llamador de putos, como una señal para que lo identificaran y le tocaran timbre para empomarlo, pero no. Resulta que esa bandera –si no me mintió, porque tal vez es puto y me mintió– es un símbolo de los pueblos originarios.
—Ah, sí, le dije. Los colores son los mismos, solo que la de los pueblos originarios está hecha con cuadritos y la otra con bandas.
—Sí, eso fue lo que me dijo. Me contó que en Bolivia son una banda. Parece que hasta el presidente es uno de alguna tribu, un cacique, o algo así.
No voy a hacer valoraciones sobre lo que me dijo, porque están de más.
—¿Y vos? —dijo, cambiando de tema—. ¿Cómo va el tema del artículo ese en el que andás?
—La ponencia. Bien, casi terminándola.
—¿Habrá muchos putos ahí, en el evento?
 —Por ahí alguno que otro, pero no muchos.
—Ah, avisame. Porque después de lo que me pasó hoy, no quiero correr riesgos...
—No, quedate tranquilo.
—¿Y minas? Hay muchas minas ahí  ¿no?
—Y sí, muchas mujeres estudian Letras.
—Joya. En una de esas, quién te dice, Eduardito, me clavo una intelectual...
—Quién te dice...
Cortamos después de un rato. En breve, íbamos a ir juntos a la Facultad de Filosofía y Letras a un Congreso Internacional sobre teoría literaria, literaturas comparadas y políticas lingüísticas. De última, pensé, el Concha podía pasar un personaje malogrado de Cesar Aira o de Lamborguini... De Osvaldo, digo...

jueves, 17 de mayo de 2012

Capítulo VI


Capítulo en el que se cuenta el intento del Concha por aprovechar los resquicios abiertos por la lucha de género, la exasperación de la diferencia y las políticas gay friendly

Mientras volvía a casa, en el subte, me lo imaginaba al Concha en el Congreso de Letras que se avecinaba. Mejor no pensar, me dije. En una de esas, se aburre rápido y se va. Además, no es seguro que vaya. Tal vez lo de acompañarme era una forma de cortesía, por el favor que me había pedido. Pero no podía engañar a mi temor, porque sabía bien que la cortesía no era una de las características del Concha.
Faltaba una semana para el evento y mi ponencia, que versaba sobre la recuperación del concepto aristotélico de catarsis que, vía Lessing, realiza Lukács, permanecía inconclusa. En mi escritorio descansaban, puntillosamente anotadas, la Poética de Aristóteles, la Dramaturgia de Hamburgo y la Minna von Barnhelm del iluminista alemán, y el análisis que de esa comedia había hecho Lukács, allá por 1963. No encontraba el sosiego necesario para darle forma al texto.
Era cerca de la una de la mañana cuando abandoné todo intento. A mi pesar, no era una traba teórica la que me impedía seguir, sino la idea del casting al que habría de presentarse el Concha. Había dicho, textualmente, que iría a un casting de putos. No sabía bien qué era lo que tramaba, y esa incógnita volvía cada vez que intentaba concentrarme en la catarsis de la tragedia griega.
Agobiado, me fui a dormir. Tuve un sueño absurdo y vergonzoso. En él, el Concha disertaba en un aula magna, ante una multitud, sobre los riesgos de una bragueta con cierre y los beneficios de una con abrojo.
­—El cierre, señores, es la versión moderna del mito de la vagina dentata. Es decir, la leyenda de una argolla con dientes que le come la poronga a los que la ensartan.
En mi sueño, los asistentes escuchaban al Concha con atención, como si se tratase de un intelectual consagrado refiriendo sus últimas investigaciones. Algunos tomaban notas, otros asentían con la sonrisa del que reconoce en el otro, honestamente, superioridad en el pensamiento y en la capacidad de expresarlo con elegancia.
—...desgracia que le acontece al personaje de Loco por Mary, cuando está en el baño y se sube, apurado, el cierre—proseguía el Concha, refundiendo en un discurso delirante mitos, banalidades de la cultura popular y reflexiones pretendidamente serias.
A pesar de lo hilarante de la situación, todos seguían con sensible respeto los derroteros de su disertación, que no escatimó en neologismos como “braguetear”,  “calzoneado” o “poronguera”.
Me desperté en medio de la noche más angustiado que al acostarme. En la soledad de mi cama de soltero, reflexioné durante un rato acerca de ese sueño en que, de un modo carnavalesco, el Concha aparecía coronado con todos los laureles que yo anhelaba.  ¿Acaso lo envidiaba? Sin estar seguro, comenzaba a comprender que, pese a todo, el Concha era un sujeto auténtico, descaradamente auténtico. Sus farsas y mentiras, en todo caso, no estaban dirigidas a ganar el reconocimiento del otro más que en aquellos aspectos que le permitieran sobrevivir. Había algo de inocencia es su modo de encarar el mundo, algo que podría denominarse candidez. Vagamente, recordé la figura del Lazarillo de Tormes antes de poder dormirme.
Los días que mediaron entre la primera visita a su casa y el reencuentro los ocupé en las clases y en dar forma a mi intervención en el Congreso. El domingo a la noche, cuando sonó el teléfono, supe que era él. Quedamos en que, al día siguiente, pasaría después del colegio por su casa. Y cumplí.
La habitación estaba más o menos como la recordaba, solo que algo más sucia. Lo noté ansioso.
—Esta idea me surgió luego de estudiar el caso —dijo con la seriedad de Santos, el personaje de Los simuladores—. Ser trolo está de moda. Los trolos, los bi, los trans, los lesbo-gay-tranformistas, los metro y todo tipo de combinaciones degeneradas están de moda. Hasta los que tienen pija y concha al mismo tiempo están de moda, que no me acuerdo cómo mierda es que les dicen.
—Hermafroditas.
—Exacto. Sos todo un culto vos, Eduardo, eh.
Se quedó un segundo pensativo, y me largó:
—No sos puto vos, ¿no?
La pregunta me incomodó: no comprendía por qué la había formulado. Tal vez porque no tenía pareja, o quizás porque había estudiado Letras. De cualquier modo, no quería que pensara que era homosexual. Tampoco, pensé, podía responder con vehemencia que no lo era, porque podría pasar por homofóbico. Una respuesta serena, firme pero despreocupada, era lo que necesitaba.
—No, no —le dije, pero sonó vehemente.
—Digo, como sabés de estas cosas. Viste que los putarracos se camuflan bastante bien...
—No, no soy homosexual, Concha —me defendí de lo que no quería defenderme.
—Bien. Antes que nada, te quiero aclarar...
—Ya sé: que tenés amigos homosexuales —me anticipé al cliché.
—No, amigos no. Pero sí un tío puto. Viste, en cada familia hay un tío mascatripa. El típico tío solterón, raro. Ese al que le dicen delicado y también, desde hace un tiempo, afrancesado.
Tuve que rendirme a esa verdad, porque en mi familia había un gay.
—Lo que yo quiero es ver si me puedo colar en algún programa de televisión con el verso de que me la lastro. Me di cuenta de que ser puto te abre puertas. No lo digo por la del culo, porque nunca me “puertearon”, sino por las verdaderas puertas de la fama. Fijate: Florencia de la V –de la verga, le digo yo–, Ronnie Arias, Zulma Lobato, Polino, Marley...
—Pará —lo interrumpí—, que de Polino y de Marley no hay confirmación.
—¿Qué? No me digas que vos fuiste de los boludos que se sorprendieron con lo de Ricky Martin...
—No, pero hasta que no deciden salir del closet...
—¿No sabías que a Ricky Martin, una vez, le sacaron medio litro de leche del estómago?
—Concha, eso es un mito urbano.
—¿Mito urbano? Acercale el ojete a Marley y fijate cómo te lo deja, Eduardo. Por favor... Con esa gente hay que pegar el culo a la pared porque si no, de un saque y sin aviso te empalan con el mástil de carne. Me extraña de vos, un intelectual... ¿Sabés la cantidad de giles que lechearon estos, ocultos detrás del mito? En fin, pensá como quieras. Yo te llamé porque hoy se hace un casting para un programa de historias de vida. Me enteré el otro día, con lo de los gordos. El portero ese del que te hablé me dijo que, todos los días, la cuadra se llenaba de bichos raros. Gordos, tortilleras, travesaños. También villeros, drogadictos, mujeres golpeadas y otras huevadas. En el único papel en que me vi fue en el de soplanuca. Averigüé cosas de maracas, hábitos, costumbres, medios de vida y demás y hoy me presento. Por eso quería tu asesoramiento. Si quedo, vienen a mi casa y me hacen una entrevista.
Él Concha no me pudo precisar de qué programa se trataba. Intuí que era alguno similar a Calles salvajes o algo por el estilo.
El papel para el que me había convocado era el de asesor de imagen.
Sin ningún pudor, se desnudó delante de mí. Tomó de su guardarropa un par de prendas que había conseguido en una Feria americana y comenzó a vestirse.
Se enfundó en un jean blanco, ajustado.
—Para que se me marque el orto y el paquete. Pantalón blanco, igual, puto —dijo.
 Vistió su torso con una remera rosa escote en V con la imagen de la Marilyn Monroe de Andy Warhol. En los pies se calzó un par de zapatos náuticos.
—¿Qué tal?
Era una imagen verdaderamente grotesca, pero no podía dejar de reconocer que el Concha había logrado reconstruir cierto estereotipo del homosexual.
—Si no me la como, ando con los cubiertos en el bolsillo ¿no? Je, je...
Asentí, y me sentí mal.
—Bueno, repasemos. Voy a ir con la típica historia de puto, la historia de fogón. Esa que sabemos todos, como el tema “Rasguña las piedras” de ese otro puto famoso. Voy a inventar que, de chiquito, no me gustaba jugar a la pelota. Me encerraba a jugar con muñecas y a hacer tortitas, a pesar de que mi padre me amenazara con romperme el culo a patadas. Hasta los diez o doce años, no me metí nada en el ano: eso comencé a hacerlo después de tomar un par de clases con un profesor de música –de flauta dulce voy a decir–. No sé si me entendés: no voy a ser tan obvio de decir que el profesor de música me la puso; lo voy a insinuar: pienso repetir que el tipo me enseñó a soplar la flauta en su casa, pero que no quiero hablar de eso. Después de preparar el ambiente, voy a largar, de pasada, que me colé un par de dedos en el orto. ¿Me seguís?
 Lo seguía.
—Estaba entre profesor de música y de gimnasia. Viste que son dos empleos de riesgo: pendejo que aparece con la cola como mandril, van a buscar al de música o gimnasia.
“Bueno, el cuento sigue con mi profesión. Me armé todo un itinerario laboral del trolo promedio. Hice un curso de peluquería, uno de maquillaje y algo de pastelería. Desistí de lo de chef: los putos emigraron a otras profesiones. Lo de diseñador de moda, así como lo de diseño de interiores, también lo descarté porque mucho no entiendo de ropa o de muebles, viste. Si me llegan a preguntar algo, me abatato y al carajo con la representación.
—Claro, claro —meché.
—¿Vos creés que me van a revisar el aro del culo?
Lo más increíble es que me lo preguntaba en serio.
—No, no creo.
—Joya. De última les digo que cago sin hacer fuerza, y listo.
De una caja de zapatos que usaba como cajón, sacó un arito y un collar de semillas.
—Me olvidaba de lo más importante —dijo, mientras se los ponía.
—No tengo agujerito —aclaró—. Este es uno de los que se abrochan.
Se miró en el reflejo del vidrio de la ventana (del vidrio detrás del cual observa a la vecina, recordé), y sonrió satisfecho. Como si me hubiese leído el pensamiento, agregó:
—Che, mi amiga me prestó un morral. ¿Viste esos morrales de cuero, que llevan los putardos de la cinefilia? Bueno, acá está.
Me lo mostró. Ni le pregunté con qué excusa se lo habría pedido.
No quería, entre tanta cosa bizarra, pasar sin decir nada. No para convencerlo de otra cosa porque, como ya dije, era imposible, sino para dejar otro punto de vista.
—Concha, ¿no te parece que la homosexualidad es algo serio? Digo, viste que es una lucha por el reconocimiento de sus derechos, de una libertad por la que vienen bregando desde hace tiempo. La comunidad gay podría sentirse ofendida...
—¿Por qué? A ellos les conviene que haya cada vez más putos que salen del ropero. Les estoy dando una mano, Eduardo... Además, lo mío es por una causa justa: de algo hay que vivir.
El Concha se desvistió antes de salir. Dijo que no le daba la cara para salir así a la calle. Se iba a preparar para el casting en uno de los baños de la estación de Constitución, que queda cerca del canal.
—¿Cómo vas con el tema del Congreso? —preguntó.
—Bien, ya estoy terminando la ponencia.
—Perfecto. Allí estaré.
Nos despedimos en la boca del subte. Quedamos en que hablábamos para ver cómo le había ido.
Me fui pensando que le iría bien. No que estuviese bien lo que estaba haciendo, sino que podría llegar a tener suerte. En cierto modo, daba con el target de los sujetos que aparecían en televisión...

viernes, 4 de mayo de 2012

Capítulo V


Acerca de una visita a la casa del Concha en la que expone sus opiniones sobre la obesidad

Cerca del mediodía, cuando entré en la sala de profesores, una noticia me dejó helado:
—¿Te enteraste de lo del suplente de Biología?
—No. ¿Qué pasó?
—Parece que tuvo un accidente de tránsito. Hoy llamó el hermano para avisar.
Quedé descolocado.
—¿Pero él está bien? —pregunté.
—No sé nada más —me dijo la profesora de Historia—. Lo chocó una camioneta cuando cruzaba la calle.
Salí al patio y llamé a la casa. Era el único teléfono que tenía. Pensé que, quizás, podría hablar con algún familiar.
Me atendió un contestador automático.
—Hola, mi nombre es Eduardo y soy compañero...
Una voz conocida atendió:
—Qué hacés, pelotudo.
—¿Concha? ¿Estás bien?
—Sí, claro —dijo. Y, comprendiendo, agregó: —Ah, es por lo del accidente. Lo inventé porque me quedé dormido. Igual, no creo que vuelva al colegio. ¿Vos volverías a un aula en la que te cagaste como peludo en la bolsa?
Mi angustia se transformó, frente a sus palabras, en exasperación. Le dije que no podía hacer ese tipo de bromas, que la gente se preocupa de forma innecesaria.
—Tranquilo, che. Es una mentira para irme del colegio de manera elegante. Así no me llaman más por un tiempo...
La culpa era mía, solamente mía, por meterme con gente como él. No quedaban dudas: se podía esperar cualquier cosa del Concha.
—¿Por qué no te pasás por casa, después del colegio? Voy a estar al pedo.
Aunque algo debilitada –o, mejor dicho, aguijoneada–, la pulsión bizarra respondió por mí:
—Pasame la dirección.
Y así fue que, esa tarde, poco después de las cuatro, me encontré tocando el timbre de un edificio de Almagro.
Bajó en piyama y ojotas. Subimos en ascensor hasta el piso 6to.
—Pasá, sentite como en tu casa.
No pude cumplir con su pedido: el monoambiente en que vivía era un antro devastado. Había botellas y latas de cerveza vacías por toda la habitación, mugre, una porción de pizza con hongos que podía ser de hacía una semana o un mes, un par de DVD´s pornográficos truchos desparramados por el suelo. El mobiliario estaba conformado por un colchón, una computadora montada en un pequeño escritorio, una mesa y dos sillas. No hacía falta ser un esteta para deprimirse en semejante lugar. Me acomodé como pude.
—Che, Concha, te fuiste un poco lejos con la mentira del colegio...
—No iba a poder volver, qué querés...
—Claro, dar una materia de la que no conocés...
—No lo digo por eso, sino por lo del pedo. Si hay cada chanta disfrazado de profesor...
Me daba un poco de temor comprobar que existía gente como él, sin barreras. Al mismo tiempo, creo que lo admiraba. Yo, que siempre fui tan temeroso, que siempre tuve un súper-yo enorme vigilando mis movimientos, me venía a topar con un tipo que avanzaba a fuerza de pura decisión, sin trabas. Tal vez era, efectivamente, un amoral. En todo caso, era preferible a ser un inhibido, como yo.  Sin exagerar, creía que el Concha era capaz de dar vuelta el mundo como un zoquete. (Releyendo esta última frase, pensé si el Concha no me habría inoculado, en los pocos encuentros que tuvimos, su veneno expresivo. ¿Nos estaríamos, acaso, metamorfoseando el uno en el otro? Recordé cómo algunos críticos hispanistas mencionaban, a propósito de la obra cumbre de Cervantes, un proceso de quijotización” de Sancho y “sanchificación” de Quijote a lo largo de la novela. Me avergoncé de haber hecho esta relación. Aquí no había ningún Sancho, ni ningún Quijote, ni nada que se acercara a Cervantes. En todo caso, éramos un dúo conformado por un sujeto vulgar y un fracasado que se desahoga escribiendo. Y, en todo caso, yo estaba más cerca de vulgarizarme que él de fracasar.)
—El tema con la docencia es el pijazo de tener que madrugar —continuó—. Tal vez si agarrara horas por la tarde...
 Sin cuestionar nada de lo que decía, le pregunté:
—¿Y ahora, a qué te vas a dedicar?
—Yo hago cualquier cosa, Eduardo. La semana que viene, por ejemplo, pienso ir a un casting.
—¿Un casting?
—Sí, para un programa de televisión. Voy a ver si me hago pasar por puto.
—¿Qué me estás diciendo?
—¿No viste que comertelá está de moda? Si decís que te chupaste un par de pijas alguna vez, tenés chance de salir en la tele.
—¿Me podés decir de dónde sacaste esta idea descabellada?
—Dejame que te cuente. El otro día, cuando volvía de un putero de Constitución, me encontré con lo que parecía una procesión de gordos.
Tarde o temprano, iba a llegar el momento. Me había anunciado algo sobre sus ideas acerca de la obesidad. Espero que ningún lector –si es que alguien lee esto– se ofenda sobre las barbaridades que siguen.
—No se trataba de gente con algunos kilos de más, que a cualquiera le puede pasar, sino de una verdadera manada de gordos. ¿Cómo se decía manada de cerdos?
—¿Piara?
—Eso, una piara haciendo fila en la vereda de Canal Trece.
Como si de repente hubiese pensado en mí, me preguntó:
—¿Querés chupar algo?
Eran las cinco de la tarde, como mucho.
—No, te agradezco.
Destapó una cerveza, tomó largo del pico, eructó y prosiguió:
—Era una larga fila –mejor dicho, una ancha fila­– de gordos cebados, de esos que son bien tetones, que no sabés si son tipos o minas amachorradas.
Le hice un gesto afirmativo que pude haber evitado.
—Bueno. Resulta que me acerqué a donde estaba un portero de edificio, bien al pedo, que andaba meta dar brillo al bronce de los timbres con la gamuza.
“¿Qué mierda es eso?, le pregunté señalando al ganado. ¿Les van a regalar comida?
“No, me dijo, es un casting para Cuestión de peso. Hoy es el día de los hombres.
“Ahí mismo, en ese preciso instante, me surgió la idea del presentarme a un casting como trolo.
“Te sigo contando la anécdota. Yo, que soy medio curioso, me quedé a mirar. Vi que algunos, medio rellenitos, salían con cara de orto. Claro, los habían rechazado: no estaban lo suficientemente hinchados como para salir en la tele. Me hice el interesado y le hablé a uno de esos cuando pasó cerca.
“¿No te tomaron?, le pregunté.
“Y no, me dijo, me cagó uno que andaba arriba de los 250.
“Medio que me dio lástima el gordo. Todos sus sueños de ser un chancho famoso se habían ido al carajo. Se le notaba en la cara que quería pasearse por el canal con una remera XXXL que tuviera estampado el kilaje, que lo pesaran en una balanza del zoológico, que lo acusaran de robarle la vianda a otros gordos y esas cosas que pasan en el programa. Los hijos de puta lo habían discriminado... Le quise dar ánimos.
“No te aflijas, che, le dije, andá a morfar a lo loco. Pan, papa, pasta, la dieta de las tres ʻPʼ. Acordate: pan, papa, pasta. Mucha gaseosa, mucho helado. Nada de aceite: manteca,  mandale manteca a todo. De ahora en más, prohibido el Chucker: azúcar. Vas a ver cómo te venís en un par de semanas... Cuando menos te lo esperes, vas a descubrir que para pegarle un manotazo a la verga vas a tener que escarbar a ciegas del otro lado de la buzarda. Creeme: no te va a reconocer ni tu vieja...
“El gordito me agradeció el consejo y se metió en un McDonald´s para calmar el bajón de quedar afuera. Pero le faltaba... Imposible competir con los tanques australianos que había en la cola.
Me indigné un poco escuchándolo.
—¿Por qué le dijiste eso? La obesidad, Concha, es una enfermedad.
—Le dije para ayudarlo. ¿Y desde cuando la obesidad es una enfermedad? No me vas a decir que te comiste la boludez de la tiroides.
­—A veces es orgánico...
—Lo del desarreglo hormonal es una pelotudez, Eduardo. Se clavan una docena de milanesas con un kilo de papas fritas y le echan la culpa a la pobre glándula. Dejate de joder. ¿Sabés de qué me di cuenta a partir de la charla con el gordo? De que no es a todos que les tengo bronca.
­—Ah, me quedo más tranquilo...
No entendió la ironía.
—Claro, claro, no me malinterpretes. A los que no me banco es a los que gozan morfando y cuando el ojete no les pasa por el molinete del subte o el ascensor, que no es un montacargas, no puede despegar con ellos encima, dicen “¡Discriminación, discriminación!”.
Siempre así de enfático, el Concha despotricaba contra los gordos como un templario se empecinaba en recuperar Tierra Santa.
—Cualquier cosa que los incomoda en su condición de gordos es un problema de los otros. Escuchá esto. El año pasado pasé una temporada en Villa Gesell. Estaba tirado en la arena cuando escuché una discusión. Me acerqué y vi que un híper gordo acusaba al dueño de un parador. Parece que había alquilado un espacio con sombrilla y sillitas y ahora comprobaba que el orto no le cabía en la reposera. Pero no es que no le cabía por poco: no podía embutir adentro ni una nalga. Lo voy a denunciar, por no respetar los derechos de los que somos diferentes, le dijo el gordo.
El Concha siguió con otras anécdotas de obesos a los que, por supuesto, no llamaba de esta manera sino de mil formas altamente ofensivas. Se compadeció de un camillero del SAME al que había visto en las noticias.  Según él, el infeliz había contraído una hernia de disco que lo dejó postrado durante un mes luego de intentar socorrer en la vía pública a un gordo que se había ido de espaldas luego de patinarse con el helado que se le había chorreado.
—Es un poco duro lo que decís...
—Ojo, no te confundas, que yo tengo amigos gordos.
Le dije que ese era el argumento típico de los que quiere atajarse de las acusaciones de discriminación.
Trató de explicarse. Como siempre, intentaba darle a esta y a otras cuestiones irrelevantes ribetes filosóficos. Eso es lo que me atraía del Concha: su semblante de un Sócrates contemporáneo recorriendo todos los tópicos de la incorrección política. Con este y otros temas espinosos, desplegaba una batería argumental como si de ganar la discusión dependiese una enorme suma de dinero.
—El tema es querer que el mundo se ajuste a todas tus peculiaridades. Imaginate esto: sube un enano al colectivo y exige, porque se siente discriminado, que pongan la máquina de las monedas a medio metro del piso. Todas las líneas, para no quedar en falta, la bajan. Después viene un tipo que mide 2 metros 20 y pide que suban el techo del bondi y eleven la máquina. Después sube un tipo sin manos ni piernas y pide un bebedero para escupir las monedas...
A medida que iba terminado la cerveza, su posición se radicalizaba cada vez más. No tenía sentido convencerlo de nada, ni discutir sus ideas. Solamente escuchar.
Después de un rato, miré el reloj. Tenía que irme.
—Quiero aprovechar lo que queda del día para terminar una ponencia para un Congreso de Letras.
Lo dije con aires de importancia, como solía tomarme esas cosas. Creía que, yendo a esos eventos, me iba a convertir en un intelectual.
—Interesante, che. Te voy a acompañar.
Me dio escalofríos.
—No hace falta, es un evento medio especializado. No creo que entiendas mucho.
—Pero si es sobre literatura, Eduardo. No pensarás que soy un boludo ¿no? Además, es para acompañarte.
¿Para qué darle vueltas al asunto? Iba a ir conmigo.
—Eso sí: quería ver si me das una mano con el tema del casting.
Me había olvidado.
—Es la semana que viene, por la tarde. Hoy por ti, mañana por mí.
Se sonrió con su sonrisa de Concha mientras yo sentía que venía embalado en una seguidilla de decisiones incorrectas.